martes, 23 de agosto de 2016

Pokémon Go o lo que nos falta atrapar*

** Por Andrés Montero 
Hace un par de meses, tuve la suerte de estar en Ciudad de México junto a mi esposa. Entre las cientos de cosas que me llamaron la atención de esta ciudad interminable, hubo una que me sorprendió particularmente: en el metro, los tres primeros carros y los tres últimos de cada tren, son exclusivos para mujeres y niños. En la mayoría de los casos, la policía se encarga de velar porque se cumpla esta disposición, con un uniformado apostado ahí, en el tránsito del tercer al cuarto vagón, impidiendo el paso de quien quisiera pasarse de listo. Por seguridad, varias personas nos recomendaron que viajáramos en el cuarto vagón, de modo que pudimos observar lo que se vivía allá, en el otro mundo, en el mundo de las mujeres y los niños: camaradería de género, apoyo mutuo, sonrisas y sobre todo mucha tranquilidad en su viaje en transporte público.

Sin embargo, Nicole (siempre mucho más atenta a todo), estaba en desacuerdo: medidas como esta no hacían otra cosa que seguir fomentando un machismo que – hay que decirlo – tiene en México una vitalidad impresionante. ¿Qué pensarían aquellos niños, que desde que tienen uso de razón ven que es necesario separar a los hombres de las mujeres porque las pobres bestias no se pueden controlar al verlas? Separar a los hombres de las mujeres era una medida que, aunque urgente, iba a tapar por mucho tiempo lo importante. Era rendirse, no dar la pelea, dejar la discusión porque ya no tenía sentido, porque lo único que se podía hacer era separar a los unos de los otras, dado que los unos no iban a dejar de ser lo que eran, y las otras no querían aguantarlos más.Lo primero que pensé, sin darle muchas vueltas al asunto, es que era una medida formidable: sería muy difícil negar que el metro se convirtió en un lugar mucho más seguro y agradable para las mujeres, acostumbradas a agarrones, empujones, groserías, piropos indeseables, robos y tantas otras cosas que tienen que haber provocado la separación como medida necesaria. Además, las mujeres que no quieran viajar en los vagones exclusivos, por la razón que sea, no tienen problemas para hacerlo en cualquier lugar del resto del tren. De modo que es simplemente una opción (opción que, es lógico, la gran mayoría de las mujeres toma con gusto).

Por supuesto, cambié de parecer y me cuadré con la posición de Nicole. Y sin embargo, se veía tanta felicidad y solidaridad de género allá, en el tercer vagón, más allá del policía que no me habría dejado pasar, que no podía sino seguir pensando que tal vez no fuera una mala medida, incluso después de ser convencido por mi esposa con acalorados argumentos. Qué mal tenía que haber estado la cosa para que llegaran a esto, pero sobre todo, qué mal llegar a una normalización de este tipo. Me sentí confundido, porque seguía viendo felicidad allá en los primeros vagones. Entonces caí en la cuenta de que el hecho mismo de que se tratara de una medida exitosa era lo que demostraba el punto de Nicole: si separar hombres de mujeres es una medida exitosa, algo estaba extremadamente mal.
Concluí, finalmente, que se trataba de una medida exitosa que, sin embargo, estaba revelándonos algo infinitamente triste sobre el mundo en que vivimos.
Y no volví a pensar en esto.
Eso, hasta hace algunas semanas, cuando mi cuñado me mostró un video donde cientos de personas se empujaban en el Central Park de Nueva York, dejando incluso abandonados los autos, porque había aparecido un Pokemón poco común y había que atraparlo.
Supongo que no será necesario introducir a nadie a qué es Pokemón Go, después de que por primera vez en la historia de internet algo haya superado la búsqueda en la red del porno. En lo personal, nunca vi la serie televisiva y me acabo de enterar de que fue un juego antes de ser una serie. En el colegio, mis compañeros – creo que todos – sí la vieron, de modo que estoy enterado de la trama y conozco a sus personajes principales. Como se trata de una buena historia, que por algo cautivó a tantos millones de niños y jóvenes, no puedo sino entender que, al menos para ellos, sea emocionante poder convertirse en el protagonista de algo que marcó, de un modo u otro, su infancia. Por lo demás, sería absurdo negar que la aplicación es una genialidad, desde el punto de vista lúdico y tecnológico. Reconozco que me resulta extraño ver a niños y adultos cazando monstruos virtuales por la calle, admito que me he descubierto como un conservador que no quiere que cambien los juegos, como un viejo que mueve la cabeza repitiendo “en mis tiempos jugábamos con una pelota de trapo”, y que eso me ha sorprendido de mí mismo. No puedo negar lo extraño que me resulta ver a escritores comentando que salieron con sus hijos a cazar pokemones y que fue bacán (habría imaginado que serían parte de la resistencia, como quien dice), pero sé también que todo lo anterior es una opinión más que personal y que no tengo muchos argumentos para explicar por qué no me gusta esta moda. Simplemente, me gustan más los libros o el deporte, pero ese soy yo. De modo que no seguiré por ahí: no tengo nada que decir, respeto a quienes lo pasan bien con el juego, habría que moderar su uso como el de todas las redes sociales, bla, bla, bla.

Lo que me ha llamado la atención es otra cosa. Ante las críticas, los seguidores del juego han respondido rápido, y su argumento principal ha sido que esta aplicación hace que los niños salgan de su casa, que interactúen con otras personas, que conozcan su ciudad. Hace pocos días estuve en Fresia, en el sur de Chile. Una bibliotecaria me comentaba que llevaba muchos años intentando que su hijo saliera un poco de la casa, porque se la pasaba encerrado en el computador, absolutamente todo el día, alegando cuando había que ir a visitar a algún pariente: el caso de muchos niños y jóvenes de esta época, lo sabemos. La bibliotecaria no podía sino estar feliz ahora: su hijo estaba todo el día afuera, interactuaba con otros jóvenes, llegaba con los pies cansados de tanto caminar por Fresia y ya no pasaba el día encerrado en el computador. No será un caso único, claro: miles de papás están comentando lo mismo. ¿Cómo no celebrar a Pokemón Go, entonces? Se ha argumentado, también, que los jóvenes están yendo a los museos, a centros culturales, a los parques. A buscar Pokemones, claro, pero al menos están yendo y conociéndolos de rebote. ¿No es acaso algo positivo? Los padres que tienen la aplicación dicen felices que han encontrado una forma de conectarse y jugar con sus hijos. ¿Quién sería el malvado que podría seguir en contra de Pokemón Go? No sé. Yo no, al menos. Me han convencido estos argumentos irrefutables.
Si Pokemón Go fuera una medida destinada a sacar a los niños de sus casas y hacerlos conocer su ciudad, sería una medida exitosa sin ninguna duda, así como no hay ninguna duda de que la medida de separar hombres y mujeres en el metro de Ciudad de México es un éxito porque acaba con maltratos y abusos machistas.
Y sin embargo, los carros separados del metro están revelando algo muy triste del mundo en que nos tocó vivir. Del mismo modo, el hecho de que cientos de monstruitos virtuales sean la única razón de miles de niños, jóvenes y hasta adultos para querer conocer su ciudad e interactuar con otros, está gritándonos algo muy fuerte y muy claro. Está revelando algo muy triste del mundo en que nos tocó vivir.
La aparición de esta aplicación – del éxito indiscutido de esta aplicación, más bien – podría ser una oportunidad para que atrapemos algo más que Pokemones: el sentido que le estamos dando a la vida, a nuestros espacios públicos, a nuestras calles, y a la presencia de los otros en ellas. Si necesitamos llenar los parques de personajes que sólo se pueden ver a través del celular, algo pasa con los parques. Algo pasa con los museos. Algo pasa con la educación. Algo pasa con los padres que no sabían cómo encontrarse con sus hijos. Algo está pasando, y Pokemón Go lo reveló de forma muy clara. Dependerá de cada cazador saber atraparlo.
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* Columna publicada el 19 de agosto en www.elquintopoder.cl
** Andrés Montero, escritor y cuentacuentos en la Compañía La Matriosca. 





jueves, 4 de agosto de 2016

El pastor de tierra adentro y mártir prohibido: 40 años de la muerte de Enrique Angelelli

*Por Gonzalo García Campo

i.                     La muerte de Angelelli.

Empezaba agosto de 1976. Poco más de cuatro meses habían pasado desde que la junta militar encabezada por Jorge Rafael Videla había derrocado al gobierno de Isabel Martínez, instaurando una de las dictaduras más feroces de América Latina. Comenzaba el tiempo de las desapariciones forzadas, las prisiones clandestinas, las ejecuciones barbáricas.

En La Rioja, provincia del noroeste argentino, un hombre predicaba el Evangelio de Jesús y, con él, la necesidad de justicia y respeto a los derechos humanos. Un hombre así en un tiempo como ese resultaba, al menos, molesto. Por ello, cuando ese hombre sufrió un fatal accidente automovilístico, el 4 de agosto de 1976, una sospecha inmediata rodeó al hecho: difícilmente podía ser un mero accidente. La sombra de una muerte intencionada rodeó las circunstancias desde un inicio.

El hombre se llamaba Enrique Angelelli, era obispo de La Rioja y 38 años después de su muerte se sabría lo que era sospecha ya asentada: había sido asesinado por encargo de la dictadura militar. Lo que durante décadas se hizo pasar como un accidente casual había sido en realidad una persecución que terminó en el volcamiento de la camioneta que manejaba el obispo.

ii.                   “Mientras la Iglesia echaba sus cerrojos prudentes…”

¿Quién era este hombre a quien la dictadura calló con la muerte? ¿Por qué, en un país en que la Iglesia Católica fue mayoritariamente cómplice de aquélla, un obispo fue asesinado?
La muerte de Angelelli no fue cuestión de un día. Una vida de coherencia y radicalidad, por el contrario, explican su asesinato, ocurrido cuando solo tenía 53 años.

Angelelli había sido nombrado obispo de La Rioja en 1968, a la edad de 45 años. Para entonces ya había estado presente en el Concilio Vaticano II y había, incluso, sido parte del Pacto de las Catacumbas[1], acaso uno de los momentos más significativos para una Iglesia que buscaba, más que un aggiornamiento, un compromiso efectivo con los pobres de la tierra.

Desde sus inicios como obispo de La Rioja dio muestras de un compromiso social sincero y frontal. Apoyó la formación de sindicatos agrícolas y mineros, la actividad de cooperativas y las reivindicaciones por la tenencia de la tierra, actividades que incluso le valieron públicos enfrentamientos con el gobernador de la provincia, Carlos Menem.

Apenas iniciada la dictadura militar, Angelelli comenzó una labor en defensa de los derechos humanos, que le valió tempranas amenazas de los militares. Pocos meses después de que la junta militar tomara el poder, Angelelli ya vislumbraba cuál podía ser su final: ante una invitación que los obispos latinoamericanos le hicieron para un encuentro en Quito, Ecuador, contó a sus cercanos: “tengo miedo, pero no se puede esconder el Evangelio debajo de la cama”.
Sus temores se hicieron realidad el 4 de agosto de 1976. La cúpula de la Iglesia Católica, que desde el inicio de la dictadura había guardado un silencio temeroso[2], no tuvo una palabra clara para condenar los hechos. El entonces cardenal de Córdoba y presidente de la Conferencia Episcopal, Raúl Primatesta, se limitó a señalar que “había  un tiempo para hablar y un tiempo para callar”. 

iii. Cuarenta años después: “pastor de tierra adentro y mártir prohibido”.

Comprender una figura tan excepcional como la de Angelelli es siempre un desafío mayor. Su testimonio está revestido de una coherencia de honda raíz evangélica. Su fe explica y sustenta el grado de su entrega. Pero Angelelli es, al mismo tiempo, parte de una tradición y un contexto que puede iluminar su comprensión.

Fue nombrado obispo, como decíamos, en 1968, tres años después del cierre del Concilio Vaticano II, en el momento en que el episcopado latinoamericano se reunía en Medellín y era capaz de emitir un documento con fuerza tal que se atrevía a hablar de un estado de “violencia institucionalizada” en América Latina, por la injusticia aquí imperante. Era un episcopado en el que destacaban figuras como Hélder Cámara y Manuel Larraín y una Iglesia que pocos años después vería nacer la llamada “teología de la liberación”. Este espíritu eclesial ayuda a comprender la trayectoria de Angelelli y la fuerza con que vivió hasta dar la vida.

Pero Angelelli fue mucho más que un mero producto del contexto en que vivió. Fue un hombre que vivió el seguimiento de Jesús con arriesgada creatividad, que, atento a los signos de los tiempos, quiso leer el paso de la Buena Nueva de Jesús en medio de la realidad sufriente de su pueblo, con el que se comprometió sin temor al conflicto con los poderosos. Su apoyo a las cooperativas, los sindicatos y los movimientos agrarios tuvieron siempre su fuente en la fidelidad al Evangelio. No en vano, acuñó una frase que décadas después el pueblo cristiano sigue repitiendo: “Hay que estar con un oído en el pueblo y el otro en el Evangelio”.

 * Gonzalo García Campo es Abogado, actualmente trabaja en el Servicio Nacional de la Mujer y es miembro del Comité de Defensa y Promoción de Derechos Humanos de la Legua. 



[1] Se conoce así a un documento suscrito por 39 obispos, la mayoría de ellos latinoamericanos, impulsado fundamentalmente por el obispo brasileño Hélder Cámara. En él los suscritos se comprometían, entre otras cosas, a renunciar “para siempre a la apariencia y a la realidad de la riqueza”. El texto íntegro del Pacto puede consultarse en https://es.wikipedia.org/wiki/Pacto_de_las_catacumbas
[2] Excepciones notables existieron, aun en la cúpula. Porque a nivel de laicos y laicas, sacerdotes y religiosas, no hay duda: muchos de ellos mostraron compromiso que los llevó hasta la muerte. Fue entre los obispos que el silencio se hizo norma. Angelelli fue, por ello, una excepción notable, como lo fue también el obispo de Neuquén, Jaime de Nevares. 

martes, 26 de julio de 2016

Injusticia en la raíz

*Por Aníbal Pastor N.


La reciente marcha por #NoMásAFP, que el 24-J movilizó a cerca de un millón de chilenos y chilenas a lo largo del país, nos plantea desafíos en el espíritu de quienes ese día caminamos por las grandes alamedas de todas las regiones.
Ante todo, llama la atención que el movimiento ciudadano —originado en el rechazo a la injusticia de las AFP— actúe muy distante de los partidos políticos. Vi muy de cerca cómo el senador Alejandro Navarro fue literalmente correteado de la marcha más por lo que representa que por quien es.
Esto, que sin duda es un rechazo a la corrupción del mundo político, es muy penoso y complejo porque debilita la construcción de la sociedad, y en consecuencia a la misma democracia y la búsqueda del bien común.
Lejos de ser un reproche a los manifestantes o a las líderes nacidos en este movimiento, esta es una alerta importante para quienes están llamados a servir en lo público y a reinventar sus militancias a partir de códigos éticos.

Lo segundo, es que nuestra indignación contra las injusticias de las AFP no puede reducirse a una simple indignación vía digital.
La ciudadanía se ha congregado masivamente mediante una amplia convocatoria a través de las redes sociales, así como ha ocurrido en otras partes del mundo, y ha opinado vastamente subiendo fotografías y comentando lo ocurrido.
Sin embargo, no debemos confundirnos. Las redes sociales están cumpliendo su rol que es la convocatoria y la generación de sentido superando las distancias y haciendo global nuestra acción. Pero esa no es la verdadera participación que debe incluir la toma de decisiones y a que estas sean vinculantes para todos y todas en la sociedad.

Otro aspecto que ha sido advertido por la gran mayoría de los chilenos y chilenas, fue la escasa cobertura que la televisión abierta dio a los “indignados” de las AFP y que no transmitió la marcha en vivo como si hace en otras grandes manifestaciones y eventos donde no se llega a las 200 mil personas en una misma calle y en un mismo momento.
Ese fue el dolor de la gente que motivó el troleo (crítica) en redes sociales. Si bien fue corregido por los editores en los noticiarios centrales que sí dieron cuenta de la noticia del día, al final, el tema fue puesto por la propia ciudadanía que ganó el gallito a los medios chilenos que responden a interés de poder y que en consecuencia faltan a la verdad.

Finalmente, destacamos la amplitud de personas y situaciones. Basta ver los infinitos álbumes que hay publicados en Facebook y en algunos blogs y medios de prensa alternativos para constatar rostros oscuros y claros entre los manifestantes, adultos mayores con arapos y adultos pobres con abrigos de marca, jóvenes de todo tipo y condición social, padres y madres de familia con sus hijos pequeños, los no tantos y los mayores, hay quienes solo portaban el banderín de “No más AFP” y quienes enarbolaban banderas representativas de la diversidad sexual, de los mapuche y otros pueblos originarios; también quienes lo hacían con carteles de sus debilitadas organizaciones sindicales, etc. ¿De qué nos habla esta transversabilidad? ¿De la inclusión?
Estos cuatro hechos que aquí comentamos, son claves éticas que están más allá del necesario debate técnico de cómo implementar en reemplazo de las AFP un sistema mixto real y de reparto solidario en la seguridad social chilena.

En efecto. Quienes solemos mirar la realidad a la luz del ver-juzgar-actuar, vemos con preocupación la pérdida de sostén moral de la política que ya es repudiada por todos y que puede transformarse peligrosamente en una nueva lepra a evitar, situándose tan lejos de ese llamado del magisterio social para la construcción del bien común.
No menos preocupante es que en las soluciones no participemos debidamente representados todos los chilenos y chilenas, que nuestras masivas manifestaciones en la calle sean una realidad ocultada en los medios por los poderosos, y que la transversalidad de quienes afecta el sistema AFP evite ver el problema de fondo.


Porque en definitiva lo central no es la exclusión que se genera, que naturalmente ya es una grave consecuencia, sino que es el sistema el pecaminoso, el pecado estructural que nos enseña el evangelio y la iglesia, la estructura capitalista que siempre ha estado y estará alejada del querer de Dios.
Por ello, Francisco, el año pasado en su discurso ante la ONU, dijo que el sistema económico capitalista “mata y es injusto en su raíz”. Y añadió: “Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, no se resolverán los problemas del mundo”.
Clarito.

Una clave de nuestro actuar debe ser la información pues con argumentos sólidos no solo escandalizamos a quienes ni idea tienen, sino que aportamos algo sustancial a cualquier cambio: convicción y conversión. Hay varias instituciones que vienen realizando un gran trabajo en este sentido y que nos ayudan: Cenda Chile, Fundación Sol y Fundación Crea, entre otras.
Que esta dimensión ética nos distinga como cristianos en las conversaciones importantes, en las sobremesas... pero sobre todo en nuestro actuar laico y ciudadano.
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* El autor es periodista, con amplia experiencia en comunicación política y en iniciativas solidarias en favor de los excluidos. Laico formado en comunidades de fe SS.CC.