viernes, 28 de octubre de 2016

Municipales 2016: “Buenas nuevas pa’ mi pueblo”

*por Aníbal Pastor Níñez


No, no es una ironía. El título de este post -que hace referencia a la canción de la liturgia- es la búsqueda de señales de esperanza en medio de tanta lata, de muchos análisis autoflagelantes y otros tantos victoriosos que hemos tenido oportunidad de ver, escuchar y leer en estos días posteriores a la elecciones municipales 2016.

¿Cuáles serían esas buenas nuevas? Veamos:

Por cierto, una primera es la NUEVA FORMA DE HACER PUBLICIDAD POLÍTICA, gracias a la nueva ley, se evitó la saturación y contaminación de la vía pública, y obligó a que los candidatos y candidatas enfrentaran a sus electores cara a cara, en calles, ferias y virtualmente en redes sociales.

En segundo lugar, si bien es cierto que la abstención del 65% es la más alta registrada en Chile desde la vuelta a la democracia (ver gráfico), la cifra es un promedio, lo que significa que por una lado se dieron casos graves como en La Pintana o en La Granja con el 80% de abstención y HUBO OTROS LUGARES QUE REGISTRARON ALTÍSIMA VOTACIÓN. Así ocurrió, por ejemplo, en Cobquecura (región del Bío Bío), donde el 80% de sus electores votó aquel domingo de octubre. ¿No es esa una buena noticia?

En tercer lugar, la abstención posibilitó que SE GENERARAN CAMBIOS DE AUTORIDADES. El cambio es la buena nueva sobre todo si implica un castigo a los corruptos, como sucedió en Maipú donde Cristian Vittori perdió ante Cathy Barriga.

Pero ojo. No todas las “marcas” por el el simple hecho de ser tales y exponerse en televisión, son ganadoras. Ahora lo sabe también DJ Méndez y su padrino senador Lagos Weber.

Para que la marca triunfe debe ir acompañada de la CORRECTA LECTURA DE LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS.

En ese sentido, esta buena nueva del cambio también ha sido fruto de un trabajo de base real que muchos olvidaron hacer. 

El nuevo alcalde Santiago, Felipe Alessandri, destronó a la alcaldesa Carolina Tohá precisamente por estar día a día en la calle y en las casas de sus electores, luchando contra su propia clase política, mientras la candidatura oficial creía que apareciendo en portadas de diarios era suficiente. Algo parecido le ocurrió a aquella candidata médica en Ñuñoa que creía que sus electores no sabían lo que era la ONU ni dónde se ubica su sede.

Cuarto, la abstención es buena noticia porque posibilitó que EMERGIERAN NUEVAS FUERZAS POLÍTICAScobrando relevancia pública distintas al duopolio partidario que el sistema nos tiene acostumbrados.

En efecto. Jorge Sharp ganó en Valparaíso con más de la mitad de los electores que fueron a votar. Lo lamentable es que el total solo alcanzaba a la quinta parte del universo con derecho a voto.

Sin embargo, lo importante aquí (quinto) es que esta victoria ES FRUTO DE UNA CONVERGENCIA de profesionales (intelectuales orgánicos), movimientos sociales y fuerzas políticas. 

Después del incendio de Valparaíso en 2013, un grupo de profesionales y urbanistas se dieron a la tarea de pensar la construcción de su ciudad de un modo sustentable. Para implementarla, buscaron apoyo social y realizaron un proceso de «evangelización» con los movimientos sociales de los cerros los que terminaron aunando fuerza con los jóvenes políticos que proponen un modelo diferente de construir país. La candidatura de Sharp salió de una primaria ciudadana extra sistema pero vinculante para todos ellos.

En sexto lugar, el no votar puede constituir a la larga una buena noticia porque SI LA ABSTENCIÓN SE HACE MÁS MASIVA PUEDE GENARAR CAMBIOS POR SER INSURGENTE. No olvidemos que la abstención es la renuncia al derecho de sufragar que ejerce un ciudadano o ciudadana. Y en ciencias sociales se indica que existe la abstención sociológica que es la falta de interés o la que se produce por inconvenientes para acudir a las urnas; y la abstención ideológica, que es un acto político consciente que busca expresar un rechazo al sistema o un repudio a la clase política por su actuar. 

Pero si alguien pensó que con las elecciones municipales concluidas respiraríamos más tranquilidad o normalidad en el país, se equivocó. “Esto recién comienza” como solía decir el recordado periodista deportivo Sergio Silva.

En estos días hemos tenido pataletas y relinches de algunas y algunos actores políticos que en unas semanas más van a ser vistos -probablemente- como intrascendentes o irrelevantes, sobre todo cuando salgan en la foto nuevamente unidos. Por desgracia, sin ninguna autocrítica importante ni siquiera por las torpezas. Para nuestra clase política lo realmente importante es ser elegido. Es la visión práctica y el modo finalmente cómo el modelo neoliberal ha impregnado las consciencias y posiciones ideológicas de quienes debieran hacer -por vocación- lo contrario: es decir, la construcción del bien común.

Es por ello (y esta es la séptima buena noticia a destacar), que si logramos mantener el foco en Dios, es decir, en lo que es verdaderamente humano, LA NUEVA CIVILIZACIÓN EN LA QUE ESTAMOS ENTRANDO podrá ser llenada de contenidos intelectuales, éticos y espirituales consistentes.

Esas son «buenas nuevas pa’ mi pueblo».

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«BOLETÍN PARROQUIAL»

Al día siguiente de la elecciones (lunes 23/10) ¿vió la portada de El Mercurio? Tituló: «Terremoto Electoral». Luego, una infografía muestra que solo 3 alcaldes de partidos oficialistas, de un total 9, con aureola de santidad, alcanzaron la «gloria celestial». Otros 6 alcalde no de derecha de un total de 8, se fueron al infierno. Ningún boletín parroquial hubiera expresado mejor una lectura ética-religiosa de las elecciones a su fiel feligresía que se dedica a los negocios en Chile (incluidos muchos políticos).


* Aníbal Pastor es periodista

viernes, 21 de octubre de 2016

No es el momento de los hombres: #NiUnaMenos

*Por Pablo del Valle Trivelli

Estos días nuestro país parece haber tomado más que nunca conciencia sobre la violencia que las mujeres viven día a día. Hemos presenciado hechos que nos indignan y hemos llenado las calles y las conversaciones luchando por una sociedad más igualitaria. Durante este tiempo nos ha acompañado un lema fuerte y claro: #NiUnaMenos, y muchos hemos adherido a él con ganas. Sin embargo, también se han empezado a escuchar las voces que reclaman que también debiera ser #Niunomenos y #Nadiemenos. Pienso que la mayoría son hombres, algunos bien intencionados y otros no tanto, que quizás no han comprendido o no le han tomado el peso a lo que significa todo lo que está sucediendo. Les escribo especialmente a ellos, desde mi condición de hombre, para invitarlos a pensar y transformar la mirada.

Cuando empezamos también con el #Niunomenos, invisibilizamos otra vez la opresión e injusticia que viven las mujeres en nuestra sociedad. Así de claro. 

Es como si en las primeras conversaciones sobre el trabajo infantil, todos se hubieran puesto a conversar también sobre las malas condiciones laborales de los adultos: "¡Si los adultos también tenemos malas condiciones!". O como si cuando pasó lo de Daniel Zamudio, hubiésemos desviado la discusión a las peleas callejeras en general: "a los heterosexuales también nos pegan". ¡Está claro que hay malas condiciones laborales y que eso está mal, está claro que rechazamos la violencia en la calle contra cualquier persona! Pero si hubiésemos desviado el tema siempre hacia estos grandes problemas, se hubiesen vuelto invisibles otra vez los niños y los homosexuales. Quizás ni si quiera habrían Derechos del Niño o Ley Zamudio, de anti-discriminación. 

Está claro que todos estamos en contra de todo homicidio y que rechazamos la violencia contra todas las personas. Es cierto que también hay muchos hombres asesinados, golpeados, oprimidos.. ¡Si todo esto está claro y nos duele! ¡Pero hoy estamos hablando de las mujeres, no de los hombres! Para no invisibilizarlas de nuevo dentro de toda la masa. Porque no es lo mismo. Porque hay toda una cultura, una historia, una sociedad que les pesa hasta hoy. Porque los femicidios no pasan porque sí, de la nada, si no que se amasan en el machismo que a veces se nos hace invisible, por habernos criado en sus lógicas. Por miles de razones que no voy a nombrar ahora, que es cosa de leer y conversar para recordarlas. Por todo eso, es #NiUnaMenos, no #niunomenos. 

Vamos cabros, no empecemos con lo de que "también los hombres...". No es momento para eso. En estos días pienso que los que más tenemos que cambiar la mentalidad somos nosotros, los hombres, a los que quizás nos ha costado comprender todo esto. Tenemos que darnos cuenta, porque somos los que históricamente más hemos ejercido violencia y discriminación contra la mujer. Es el momento de evitar y denunciar el machismo cotidiano y pequeño, de hacernos conscientes de nuestros privilegios y de celebrar que estén amenazados, de olvidarse por un tiempo de otros temas para no invisibilizar a nuestras compañeras. Es momento de callarnos un poco, de escuchar y de no ser protagonists. No es el tiempo de excusas, de desviar la mirada, de alegar. No es el momento de #Niunomenos ni de #Nadiemenos.

¡Hoy los hombres también decimos #NiUnaMenos!

*Pablo del Valle estudia su último año de Pedagogía básica en la UC. Es asesor del Centro Pastoral Juvenil SS.CC.

domingo, 9 de octubre de 2016

“¿Y qué onda con Trump?” o de aquellos miedos que clausuran la Política.

 * Por Rodrigo Mayorga 

“¿Y qué onda con Trump?” Como chileno viviendo en Estados Unidos, es esta quizás la pregunta que más he recibido durante el último año y medio. En algún lado leí que la candidatura de Trump era como un tatuaje ridículo: al principio se suponía que era para reírse, pronto todos dejaron de encontrarla graciosa y ahora no hay cómo deshacerse de ella. Así, mi respuesta, ha variado con el tiempo. Poco a poco esta se ha convertido en un “Sí. Es posible que gane. Espero que no y creo que no. Me asusta pensar que puede ganar, pero si lo hace no me sorprenderá”. Es que hay miedo hoy en los Estados Unidos, lo que no tiene nada de extraño si consideramos que la de Trump ha sido una campaña basada en esta emoción. Pero el miedo de sus partidarios no es el mismo de aquel de sus detractores y distinguirlo me parece necesario. Más aún en tiempos como los nuestros, donde ciertos tipos de miedos se han convertido en importantes obstáculos para la construcción de sociedades más democráticas, justas e inclusivas.


Son dos miedos en particular los que para mí están al centro de la campaña de Trump y que, lamentablemente, explican el éxito que ha tenido. El primero es el miedo a la Política. Así, con mayúscula. Donald Trump es un empresario y está corriendo esta carrera como tal. No le da asco declarar –como hizo durante el primer debate presidencial– que el no pagar impuestos demuestra que es “inteligente” o que el haber afirmado el año 2006 que tenía esperanza en que el mercado inmobiliario colapsara (lo que efectivamente ocurrió un par de años después, llevando a los Estados Unidos a una de sus peores crisis económicas de las últimas décadas) no solo no era reprochable, sino que era simplemente “business” o negocios. No le da asco, porque la imagen que presenta busca ser la opuesta a la de los ‘políticos’. Mientras a estos los muestra como ineficientes y carentes de liderazgo, el magnate norteamericano se presenta como efectivo y capaz de actuar. Su discurso plantea que los políticos son una especie innecesaria y que la política (entendida como la deliberación comunitaria constante en pos de decidir nuestras acciones colectivas) debe ser reemplazada por la acción de quienes poseen ‘criterios de verdad’. Estos criterios pueden ser distintos, como las leyes del mercado (de las cuales el magnate se considera ciertamente portador), el compromiso militar (en el mismo debate, Trump afirmó que “tomaría el apoyo y consejo” de los almirantes y generales de las Fuerzas Armadas antes que el de los “politicuchos”, en una declaración que pasó más bien desapercibida en los Estados Unidos, pero que a cualquier latinoamericano debiese enviarle un temblor frío por la columna vertebral) o la ciencia (aunque esto no parece ser el caso en un candidato que ha afirmado que el calentamiento global es una invención de China para hacer a las industrias norteamericanas menos competitivas). Estos criterios de verdad tienen en común su capacidad de anular toda posibilidad de diálogo y confrontación de posturas, y no es de extrañar que en la campaña de Trump algunos se utilicen como autoridades externas que buscan clausurar el temido espacio de la política.

Pero junto al miedo a la política, e incluso con más fuerza, está el miedo a los “Otros”. Es ese el miedo que Trump más ha sabido explotar: llamando a construir una muralla para evitar que México siga enviando “violadores”, proponiendo prohibir el ingreso de musulmanes pues no se puede identificar cuál es “su actitud” (en otras palabras, declarándolos a todos potenciales terroristas) o defendiendo prácticas policiales como el stop and frisk (una suerte de programa de ‘detención por sospecha’ instalado en la ciudad de New York y cuya implementación fue declarada anticonstitucional en 2013 debido a su foco discriminatorio hacia a la población afroamericana y latina). Coincidentemente, son todos estos grupos tradicionalmente desaventajados al interior de los Estados Unidos. Convirtiéndolos en esos “Otros” a quienes se debe temer, Trump se posiciona como el campeón que defenderá a la sociedad norteamericana de ellos y a la vez los excluye de esa misma sociedad, reforzando las condiciones de injusticia y violencia que estos grupos han vivido históricamente en este país.

Lo que a mí más me sorprende en estos días, no es tanto el que Trump tenga posibilidades de ganar. Es más bien el que los chilenos que me preguntan “¿Y qué onda con Trump?”, se sorprendan con mi respuesta. Porque en Chile, el miedo a la política y el miedo a los “Otros” no solo no son desconocidos, sino que poseen enorme fuerza. Solo hace un par de semanas, en medio de la polémica surgida en torno a un libro de educación sexual, un senador y precandidato presidencial declaró no solo que el sexo anal no era sexo, sino que quizás “están tratando de meter alguna ideología o algo”. De lo primero se excusó más tarde, pero no de lo segundo. El verbo “están”, abstracto y sin definir, quedó no solo sin disculpar sino que acompañando a un ‘ellos’ implícito (y sin duda fácil de descubrir), peligroso, distinto al ‘Nosotros’ del cual este senador parece declararse parte y defensor. La semana recién pasada, otro candidato –esta vez a concejal en una comuna del sector oriente de la capital– hizo noticia por una plataforma de campaña que incluía que trabajadores de la construcción con causas judiciales pendientes no se desempeñaran en la comuna. El candidato no solo le puso así explícitamente un nombre a estos “Otros” sino que, posteriormente al defender su propuesta, declaró que su cercanía a los “vecinos” era “muy intimidante”. Vecinos y obreros, de nuevo “Nosotros” y los “Otros”. Estos dos personajes no son sino los dos ejemplos más recientes entre tantos otros, ejemplos de cómo el discurso del miedo a los “Otros” contribuye a perpetuar la exclusión y la violencia hacia grupos tradicionalmente marginados en nuestra sociedad.

El miedo a la política tampoco es desconocido en Chile. Sería fácil decir que los culpables de ello son nuestra clase política (y cierto es que varios de sus miembros parecieran haber estado haciendo un esfuerzo extra por justificarlo durante los últimos años), pero lo cierto es que la responsabilidad la compartimos todos. Lo somos cada vez que expulsamos a la política de nuestros espacios colectivos, por miedo al conflicto, por cinismo o incluso por desidia. Somos responsables de ese miedo cada vez que repetimos ese mantra casi aprendido de memoria, de que ‘no hay que politizar las cosas’, y le pedimos al profesor que se dedique a hacer clases, al estudiante a estudiar, al sacerdote a predicar, al artista a su arte, y que por favor no mezclen sus labores con la política (como si acaso fueran realmente posibles de separarse del todo). Así es como el miedo a la “Política” nos silencia. En medio de ese silencio, el miedo a los “Otros” se amplifica, y se escucha tanto más fuerte.


Los eventos de los últimos días –que incluyen la filtración de una grabación en que el empresario se jacta de poder hacer lo que quiere con las mujeres– posiblemente me lleven a cambiar mi respuesta una vez más. Pero si acaso llegan a impedir la llegada de Donald Trump a la presidencia –lo que agradeceré–, tristemente, no cambian nada de lo dicho en estas líneas. Al iniciar este texto dije que la campaña de Trump partió siendo “para reírse”. Pero han sido justamente las voces de aquellos “Otros” de la sociedad norteamericana las que han buscado mostrar que nunca debió haberlo sido. Debió siempre habernos dado miedo. Miedo de lo que sus intentos de separar a la sociedad entre “Otros” y “Nosotros” podían (y pueden) provocar. Miedo también de creernos ese cuento de que a la “Política” hay que mantenerla lejos de nuestras vidas y nuestros actos, y que no debemos aprovechar todas las oportunidades existentes en que podamos denunciar a aquellos que utilizan el temor a los “Otros” para perpetuar estructuras de desigualdad y opresión. Son estos los únicos miedos que pueden volverse realmente productivos. Esos miedos quizás sean los que permitan salvarnos de aquellos otros miedos –el miedo a los “Otros” y el miedo a la “Política”– que parecen hoy estar consumiéndonos, tanto en Chile como en Estados Unidos y en tantas otras partes del mundo.



* Rodrigo Mayorga es Historiador UC, actualmente realiza estudios de doctorado en Antropología y Educación en Columbia University (NY).